miércoles, 27 de febrero de 2008

¡Ay de la hibrís!



Para todos aquellos que no están muy familiarizados con el mundo griego es para quienes escribo hoy. ¿Con que fin? (se preguntaran). Bueno pues el fin de esta publicación es para hablar de un algo y es ese algo a lo que en español lo hemos fragmentado en varios términos a los que les dimos nombre como si se trataran de cosas distintas, ¿y que son todas esas cosas distintas de las que yo hablo? Pues ahora se los explicare mis queridos monstruos.

Hay momentos en nuestros días en los que ningún tipo de sentimiento llega a nosotros, y después de ese pequeño instante todo y nada puede pasar, es decir, si algo malo pasa y me refiero a algo que cambie nuestro humor por completo por causa de un mal momento pues nuestro carácter cambia a malo, y por el contrario si algo muy bueno nos pasa pues el resultado será un buen día, y si nada interesante pasa pues seguiremos tranquilos hasta encontrar o recordar algo bueno para seguir sonriendo. Sin embargo hay algo en el ánimo de todo humano difícil de explicar y este algo va ligado directamente a nuestras emociones y llaga a pasar que podemos adoptar estados anímicos por lapsos de tiempo indeterminados y pueden ser grandes alegrías o tremendas tristezas, y es entre estos estados de ánimo que nadan algunos otros ánimos presentes en el ser. Les llamamos emociones.

Y entre tantas emociones podemos encontrarnos a nosotros inmersos en todo un universo de ellas, algunas son positivas y otras son negativas, sin embargo existe un estado especial al que solo los griegos supieron ponerle nombre, pero antes de decir el nombre es justo hacer una descripción del estado en cuestión ya que no hablamos ni de bien ni de mal en el momento de su desarrollo, pero si tiene causa y efecto, y aunque las causas sean malas y parte de los efectos también y el resultado final siempre pone en su lugar a las dos partes.

En primer lugar tenemos que hablar de todo esto como si fuera parte de una enfermedad aunque propiamente no lo sea, porque comienza con el mal uso de los sentimientos de fortuna que después son transformados en soberbia, de la soberbia pasan al miedo y de el miedo al enojo, ¿y todo esto en quien recae? Pues en quien tengamos en frente de nosotros, el problema es que puede ser cualquiera, pero en este caso busquemos a un ser amado como el novio o la novia, quien sin ninguna culpa cae envuelto en los sentimientos de su pareja y es lanzado al matadero como una oveja al sacrificio, tomamos al novio porque no pasaría lo mismo con los padres, así que se necesita una víctima para que pague lo que las malas emociones no pueden hacer con el portador. ¿Y que es todo esto todo este coctel de malos sentimientos? Pues a eso mis queridos monstruos es a lo que los griegos llaman “Hibrís” la injusticia, el enojo sin razón, la ceguera del que solo ve lo que le conviene, y finalmente la destrucción de la víctima.

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